Escuchar sus miradas: retos educativos para el XXI

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“Ésta es nuestra obligación hacia el niño: darle un rayo de luz, y seguir nuestro camino.”(Maria Montessori, 1870-1952. Educadora y médica italiana)

La educación de los hijos ha sufrido multitud de virajes a lo largo de la historia, desde ignorar la fase infantil y obviar la adolescencia, hasta infantilizar al máximo a lxs niñxs evitándoles todo atisbo de responsabilidad personal y educación sociocultural. Toda una nueva ola de supermadres, des de las sangrantes, hiperpreocupadas, teta en ristre y partidarias del laisser faire, que se enfrenta a otra, la caterva de las más rigidas, conservadoras e hiperocupadas.

La cosa educativa sería más fácil y sin fisuras ni grupúsculos si únicamente nos pudiéramos centrar en lo más importante: la criatura en cuestión; un ser vulnerable, maleable y carente de derechos propios si no nos preocupamos nosotrxs de otorgárselos. A parte de los Derechos del Niño promulgados por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1990, donde ya se recogen aspectos sobre el derecho a la educación integral para una correcta y sana socialización, educar a lxs niños no es sólo llevarlos al colegio y a inglés, necesitan también formación humana, conocimientos de ética y de normas cívicas, educación vial y vital y, sobretodo, educación en valores  y en la cultura del esfuerzo: autocrítica constructiva, generosidad, respeto a la diversidad, alegría, superación…

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“Es más acertado contener a los niños por honor y ternura, que por el temor y el castigo.” (Terencio,195 AC-159 AC. Autor cómico latino)

Hace más de 20 años que me dedico profesionalmente a las “otras enseñanzas”, a gestionar el tiempo libre, las actividades extraescolares, el ocio y el conocimiento “accesorio” de niños y niñas de entre 3 y 16 años. Esta experiencia, que me ha permitido trabajar en centros de enseñanza reglada (colegios e institutos) y en instituciones diversas (centros de acogida, centros abiertos, entidades de educación alternativa), también me ha obligado a lidiar con parentalidades equivocadas (sobreprotectoras y/o represoras) y con gestiones pedagógicas nefastas para el desarrollo emocional de lxs niñxs.

Es una obviedad, pero yo al menos, necesito repetirme cosas sabidas para avanzar y no olvidarme de lo importante: cuando estamos al frente de la educación y el cuidado de menores (esta palabra tan cacareada en juzgados e instituciones y que me produce cierto escalofrío), somos absolutamente responsables de su bienestar. Ojo, que no basta vestirlos, asearlos y escolarizarlos. Hablamos de material sensible, de corazones y mentes que necesitan un máximo de atención, respeto y escucha.  Porque normalmente, -seamos sincerxs-, los discursos de nuestrxs hijxs o alumnxs nos parecen tediosos, y sus preocupaciones, insignificantes. Nosotrxs, lxs adultxs, tan pre-ocupados por la crisis, la política, nuestros bolsillos y la inseguridad ciudadana, y resulta que la primera inseguridad, crisis y problema social lo tenemos en casa. Hagamos eso tan antiguo del exámen de conciencia: ¿Cuánto tiempo dedicamos realmente a practicar una escucha activa de lxs más pequeñxs? ¿sabemos lo que les gusta, lo que no soportan, en quién confían, con quién juegan o qué desean? ¿nos estamos dando cuenta de si sufren acoso escolar, rechazo, marginación o padecen algún tipo de incomprensión en su entorno?

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“¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? . Debe ser fruto de la educación.” (Alejandro Dumas,1803-1870. Escritor francés)

La sordera de lxs adultxs a veces es terrorífica. Bastaría pararnos unos minutos al día, -quince minutos de calidad bastaría, os lo aseguro-, mirando a los ojos a nuestrxs niñxs, para darnos cuenta de la inmensa riqueza que nos pueden ofrecer a cada palabra, gesto o explicación. No importa la edad, no importan sus conocimientos, pero sí deberíamos prestar atención a su lenguaje no verbal, a sus comportamientos y a su forma de mirar. Muchísimas veces, en mi trabajo, una mirada infantil me ha revelado tanto dolor que me ha estremecido profundamente. Un niño aparentemente “normalizado”, la mayoría del tiempo es desoído, ninguneado y considerado simplemente un “educando” o uno más en casa. Es una persona completa, un ser humano con derechos fundamentales (a la intimidad, a la ternura, a ser protegido y escuchado, a ser educado desde la firmeza de valores y no desde el despotismo). Necesita que le mostremos cómo aprender sus límites y a socializar de manera correcta, siendo fuertes y libres para no ceder a sus instintos o caprichos, lo cual le conllevará problemas personales a medio plazo.

No vemos más allá de nuestras orejas cuando se nos presenta la diversidad en todo su esplendor y riqueza: la diferencia del niño o la niña discapacitada, o el niño de la inteligencia emocional alta, o la niña del coeficiente intelectual muy desarrollado, o la criatura que aprende más despacio y a su ritmo, la niña transexual, el niño que vive en un centro de acogida porque sus padres no pueden hacerse cargo de él, la niña gordita, el niño gitano que nos cuenta maravillas del culto, la niña de padres bolivianos, el anodino vecinito del quinto. Todxs ellxs son un pozo de sorpresas y aprendizaje para nosotrxs -que estamos de vuelta de todo- y ternura. No la ternura mal entendida, blanda e ineficaz del algodón de azúcar y la película americana, no, la ternura real. La que te eriza el vello cuando te dicen que te quieren, o te abrazan porque sí, cuando te dan las gracias por haberles escuchado, cuando se alegran de verte, cuando ves ese brillo de inteligencia, libertad y felicidad en su mirada.

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“La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón.” (Howard G. Hendricks, Intelectual y escritor estadounidense)

Desde aquí propongo revisar los derechos de lxs niñxs según la escucha activa, la ternura y la firmeza, promulgando:

  • Derecho a que lxs miremos con amor y ternura, sin etiquetas. Prohibido por decreto ley, decirles lo que son según nuestro obtuso punto de vista y sólo porque detectamos actitudes en ellos que no nos gustan, no comprendemos o no tenemos ni idea de cómo proporcionarles herramientas de cambio: “eres malx”, “eres maleducadx”, “tú eres tontx”, “no hagas el idiota”, “haces el ridículo”, “estás loco”, “eres raro”…
  • Derecho a la individualidad y a la diversidad (funcional, emocional, de género, de sexualidad, de inteligencias, de habilidades). Intentemos no usar lenguajes o expresiones sexistas, racistas u homófobos, y procuremos no decir nunca más: “ya podrías parecerte a fulanx”, “tienes que ser como los otros críos”, “eres un inútil”, “eres lento”, “eres torpe”, “las niñas no juegan con estas cosas”, “los niños no pueden dar besos a otro niño”, “yo a tu edad era muy bueno en eso”, “pareces tonto”, “vas sucio como un gitano”, “lloras como una nenaza”, “eso es de mariquitas”, “siempre dando la nota”…
  • Derecho a ser escuchados y a que sus inquietudes y gustos sean respetados y alentados. Desterremos frases como: “no tengo tiempo para tonterías”, “eso cuéntaselo a tus amigos”, “qué bobada es esa”, “deja de hacer eso constantemente”, “cuando yo era pequeño eso no se hacía”, “eso no es un problema, es una chorrada”…
  • Derecho a su intimidad, a su sexualidad y a su desarrollo natural. Quizás deberíamos replantearnos la excesiva sexualización de juguetes, juegos y lenguajes para nuestrxs hijxs. Deberíamos dejarles ser lo que son, niñxs. No les agarremos de cualquier modo y en cualquier sitio, no les avergoncemos tocándoles sin pudor, no les alentemos a tener actitudes, gustos o ropa de adultos, dejemos que crezcan sanos, seguros, confiados, respetados y sin prisa. Respetemos también su desarrollo sexual sin intimidarlos ni censurarlos, ellos no entienden todavía de tabúes ni de contenidos o “actos prohibidos”, sólo facilitemos herramientas para protegerse de abusos y ataques a su intimidad, pero sin hostigarles ni atemorizarles. Intentemos no lanzar mensajes como:  “ya eres muy mayor para eso”, “¿quién es tu novix?”, “haz pipi aquí, que no pasa nada”, “no te toques que es de guarros”, “las niñas no hacen eso”, “te he comprado un top como una mayor”, “saca morritos”, “si te has hecho pipi en clase te cambias aquí en medio de todos”, “deja que te abrace el tio, que te quiere mucho”, “no digas tonterías, papá sólo quiere ducharse contigo”, “hoy puedes ver esta película de mayores”, “dame tu muñeco que ya eres mayor”, “a ver, saca musculitos para que te veamos todos”…
  • Derecho a la estimulación de todas sus aptitudes, particularidades y habilidades. No deberíamos proferir bestialidades como: “harás lo que hacen todos”, “no quieras ser diferente”, “te gustan cosas muy raras”, “eso no sirve para nada”, “búscate algo útil para hacer, con eso no te ganarás la vida”, “el niño nos ha salido hippy”…
  • Derecho a explicaciones, opiniones y a ser escuchados. Nuestrxs niñs piensan por si mismxs, desarrollan inquietudes personales, familiares y sociales, sobretodo si son convenientemente estimuladxs. Contemos con ellxs en todo momento, procuremos explicarles el porqué de las cosas, y desterremos frases como: “porque lo digo yo”, “tú que sabrás”, “qué tonterías son esas”, “cuando seas mayor lo entenderás”, “porque si”, “yo soy quien manda aquí”…
  • Derecho al afecto real, sano y equilibrado, a la ternura sencilla. De nada nos sirve comernos a besos a los infantes si, a al cabo de media hora, cuando se les cae el vaso al suelo o no actúan como esperamos, les pegamos un manotazo o un grito desmesurado. O al revés, ser estrictos hasta la naúsea, no dejarles respirar y pedirles que se comporten como adultos. Los niños necesitan equilibrio, saber que cuando les damos afecto es real y sin histrionismos sociales, deben aprender de nosotrxs a ser sinceros, auténticos y profundos en el amor. No debemos chantajear sus emociones ni obligarles a sentir o a hacer cosas que no desean. También necesitan que les mostremos los límites y les ayudemos a entender cómo funciona el mundo, pero de un modo razonado, firme e inclusivo, sin violencia verbal, física o ideológica, sin política del terror o de la amenaza. Dejemos de considerarnos “figuras de autoridad” y seamos sólo referentes y espejo. Dejemos de ser “jefes” para ser líderes, dejemos de ser “padrazos”, “supermadres” o “educadores perfectos” para ser simplemente personas que les guían y les aman como son desde nuestra imperfección. Pongamos fin a esa manera de hablar que tanto les daña: “si haces cosas malas no te quiero”, “no seas maleducado y dale un beso a esta señora”, “a la próxima te doy”, “cuando lleguemos a casa te vas a enterar”, “rompes mi corazón cuando te portas mal”, “como se lo diga a tu padre verás”, “así aprenderás que no se pega”, “esto por listo”…

Corto y cierro, que necesito prestar atención a la mirada de un niño.

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“Rechazo toda violencia en la educación de un alma tierna que se adiestra para el honor y la libertad.” (Michel de Montaigne,1533-1592) Escritor y filósofo francés)


* Todas las fotos de este post, de niñxs en Nepal, enlazan a sus autorxs. Del mismo modo, aprovecho para dejaros este enlace para que los ayudéis en función de vuestras posibilidades tras la catástrofe sufrida. Aqui tenéis un enlace de ayuda:

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Los mensajes del agua: tratando de irradiar amor

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Love is blindness
I don’t want to see
Won’t you wrap the night around me
Oh my love
Blindness.

U2, Achtung Baby. 1991

En 2006, el japonés Masaru Emoto demostró científicamente que el amor, la belleza y los deseos positivos pueden cambiar la materia de manera favorable. Su experimento consistía en rotular diferentes recipientes de agua con palabras apreciativas como “amor”, “gracias” o “paz” y después de algún tiempo, congelar una muestra para observar las bellas formas que se obtenían en los cristales tras el estímulo. Curiosamente, el agua nominada de manera agradable, sometida a música de cámara, envuelta por hermosas imágenes, o sobre la que se proyectaban oraciones budistas, resultaba en formas armoniosas, delicadas y simétricas; por contra, los líquidos que recibían “maltrato emocional” o estaban rodeados de desaliño, revelaban cristales deformes y turbios.

Masaru sostenía que esta comprobación reafirmaba que los seres vivos, compuestos en al menos un 70% de agua, somos totalmente permeables y cambiantes por el poder de las vibraciones positivas que recibimos en nuestras vidas. Que eso explicaría quizás nuestras formas más burdas o enfermas si somos maltratados o jamás nos exponen a la belleza. Nuestra vibración baja de intensidad si sólo recibimos información negativa y carente de atractivo; es decir, que si no sentimos y emitimos amor, nos convertimos en toscos reflejos de lo que podríamos ser gracias a la ternura, la entrega y el júbilo. Ya os podéis imaginar que al escritor de “Los mensajes del agua” la comunidad científica internacional le linchó por necio, manipulador pseudocientífico y comercial sin escrúpulos, pero oye, me parece precioso lo que afirmaba, y me quedo con lo de que el afecto real modifica conciencias, emociones e incluso puede mejorar nuestra salud, así que lo tomo de excusa para escribir sobre el amor.

Persona-TendernessPuedo considerarme una persona muy afortunada porque me han querido profundamente y, a mi vez, yo también lo he hecho de manera incondicional, apasionada y con la más opaca de las vendas en los ojos. Desde que dispongo de memoria emocional consciente (empecé a tenerla a los 22 años, antes era una aletargada adolescente/joven sin mucha idea de lo que quería), disfruto tremendamente del hecho de saberme rendir a los sentimientos sin temor ninguno. He estado locamente enamorada y he sido fuerte como una enorme bestia de narices humeantes gracias a la química del amor, o como decía Lao Tzu: “Ser profundamente amado por alguien te da fuerza, mientras que amar profundamente a alguien te da coraje”. Todo lo he podido: he emprendido altas cumbres, he luchado en todos los rings, he sufrido persecución y me he arrancado alma, corazón y vida, que dice el bolero. También en nombre del amor (blindness) he cometido las mayores estupideces, he causado dolor, he sido torpe y he privado de la sonrisa a quien quería. Debo pedir perdón por esa ceguera que me ha conducido a maltratar a mis recipientes de agua. Porque por lo visto Masaru tiene razón, y hay que tener cuidado con las vibraciones que emitimos hacia los demás, porque tanta potencia y arrebato y ceguera sin control no forman parte del aprecio auténtico, el que nos hace mejores personas, nos salva, nos sana y se expande hacia el mundo. El amor ciego e impulsivo nos convierte en una egoísta marmita de autocomplacencia donde dos (o más) personas flotan absurdas y ajenas a todo lo que les rodea. Y no hablo sólo de relaciones de pareja, si no que cualquier forma de afecto con resultado nocivo y redundante, sin energía e impulsión hacia el exterior. Hay que ser generoso, e irradiar ese puñetero amor que nos consume: adopta a un animal, respeta por fin a los diferentes, ayuda en el huerto urbano de tu barrio o milita en una asociación benéfica. Pero sal de la tontuna de no ver más allá del centro de tu ombligo amoroso, que como decía Gabriel García Márquez, “el corazón tiene más cuartos que un hotel de putas” y ahí fuera te necesitan más personas.

Nuestro afecto, por arrebatado y brutal que nos parezca en un primer y químico momento, no es fértil ni nos hace felices realmente hasta que aprendemos a canalizarlo. Progresivamente, saldremos de nuestro “nichito de amor” (sí, eso es cuando la cosa se estanca),  y emitiremos vibraciones al mundo, teniendo en cuenta su voluntad y atendiendo a las vulnerabilidades que genera estar queriendo a alguien. Porque cuando uno empieza a querer a otra persona, de repente se vuelve blando y susceptible, o como decía Santa Teresa, “si Satanás pudiera amar, dejaría de ser malvado”, hasta tal punto nos vuelve frágiles el cariño. Y por eso hay que cuidar a los que queremos (de la especie que sean) como si fueran esos cristales, y decirles cosas bonitas y simples para que vibren y se embellezcan, y nosotros con ellos. No hay que olvidarse de eso, nunca. El verdadero
1926 Movie still heart on wall womantriunfo amoroso en nuestras vidas pasa por saber cristalizar de manera hermosa a las personas, animales y seres vivos que nos rodean. Hay que dejar de ser ciegas en el amor, para ser observadoras y considerar nuestro entorno de una manera más justa, respetuosa y, porqué no, divertida. La solemnidad del amor es lo peor que le puede pasar al amor. Cuando el sentido del humor abandona una relación podemos considerar que es la señal fundamental para empezar a abandonar el barco. No queda nada. Así que, queridas, como escribía el poeta R. W. Emerson, si queremos conocer el verdadero éxito, la cosa consiste en “reírse a menudo y amar mucho… apreciar la belleza, encontrar lo mejor en los otros y entregarse uno mismo”, sin miedo.

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Mi Pride: activista de Mercadona

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Fotograma de “Go Fish”

Ser bollera provinciana en los ’90 era una curiosa mezcla entre ser un coleccionista de rarezas y un investigador privado. Ambas cosas eran necesarias para poder entender (valga la redundancia) qué sentía y cómo consumar en la práctica esos sentimientos. En cuanto descubrí que mi afán emocional iba destinado a chercher la femme, emprendí un periplo inacabable por todas las bibliotecas y librerías, a la caza y captura de textos que me ayudasen a construir mi supuesta y recién estrenada identidad lésbica. Encontré la preciosa pero bollodramática Carol, de P. Highsmith, y cacé al vuelo en VHS Go Fish, de Rose Troche, con sus desenvueltas butch y femme que me embelesaron en aquel momento.  En Mordor (Tarragona, mi ciudad de orígen) no conocía a ningún marica ni, evidentemente, a ninguna Safo. Era impensable un bar de ambiente y la última asociación se había diluido en los ’80 por desinterés general. Durante mucho tiempo, pues, mi refugio identitario fue la literatura, las primeras apariciones de Mili Hernández  en TV (¡yo quería ser ella!, y las tórridas descripciones sexuales de El Informe Hite que dejaron en casa mis setenteras hermanas.

Nadie me enseñó a ser bollera ni a encontrar a mis semejantas, tampoco a combatir la homofobia o a defenderme de la vecina que te llama marimacho o de los chistes de mariquitas de Arévalo. Yo era cándida y romántica, y me escribía cartas con algunas chicas “como yo” para tratar de reafirmarme y sentirme acompañada (y ligar, obviously!). Publiqué un anuncio en Ajoblanco, la única revista que contenía anuncios de “chicabuscachica”, y que leía a hurtadillas en mi querida biblioteca. Por fin, contacté con el Grup de Lesbianes Feministes de Ca La Dona, en Barcelona (el idílico paraíso de la diversidad para las de pueblo), y de ahí obtuve mi primera e iniciática relación. Poco después, conseguí mi primera conexión a internet (aún me emociono recordando el ruidito del módem de 56k al conectar), y aquello fue el paraíso, con sus páginas en inglés sobre cosas dyke y sus maravillososo chats llenos de damas deseosas de comunicarse desde todas partes del planeta (¿En serio que hay homosexualas en Antigua y Barbuda?).

Ocaña, con mantilla, en una manifestación gay en 1978 en Barcelona. Foto vía El País

Ocaña en una manifestación (Barcelona, 1978)

Me fui ilustrando lésbicamente de manera progresiva (siempre he sido muy autodidacta kamikaze con las cosas que me interesan), y llegué a ser un pozo (un poco ciego) de sabiduría desviada. Me sabía toda la jerga, y leí o me explicaron, con más o menos amabilidad, -nadie dijo que las activistas fueran consideradas-, las primeras teorías sobre identidad de género. Monté una fallida asociación en Mordor, me iba de fiesta con mi novia de entonces a la big city, y fui a mi primer Orgullo Gay (antes se llamaba así). Aquello era impresionante, no sólo pertenecía a una inmensa, rica, abierta y divertida”comunidad” porque me gustaban las señoras, si no que detrás de todo eso había un movimiento agitador e intelectual, un activismo fiero y valiente que lo sostenía. Por mi parte, y una vez iniciada, me dediqué a seducir a heterosexuales (era demasiado difícil buscar lesbianas en Mordor) de manera absolutamente bollodramática y a re-aprender todo lo relacionado con mi sexo/género. Me liberé de las imposiciones y empecé a entender que, desde mi ubicación geográfica, mi clase obrera y mi extraña belleza (lesbian chic de las de entonces, no era), sólo podía ser una “activista de Mercadona”. (1)

Y me explico: mi vida cotidiana (y la vuestra) está llenita de oportunidades para combatir la homofobia, educar a la sociedad en la diversidad, y quebrantar las normas: besar a mi novia en el supermercado, era entonces toda una declaración de intenciones, una salida del armario estrepitosa y una reafirmarción absoluta de la diferencia en una provincia donde lo más exótico que podías encontrar eran las palmeras del paseo. Caí en la cuenta de lo duro que debe resultar a los famosos ese renunciar a la intimidad en pos del reconocimiento público, porque a mi también me pasaba. Sentía (y siento) la “doble mirada”: caminas por la calle a tu aire, pero cada cierto tiempo alguien (suelen ser señoras-gallina, señores-bigotillo o infrasers), te mira a ti y a tu novia fijamente, sigue andando, nota que algo “no funciona” respecto a sus esquemas, y se vuelve a girar para mirar de nuevo de un modo más agudo. Por si fuera poco, la genética me ha provisto de una espalda ancha y de unas piernas musculosas que confunden de manera escandalosa a la plebe. Suerte que ahora puedo aferrarme al discurso queer (aunque creo que está evolucionando a otros derroteros, aún sigo investigando) y puedo defender mi aspecto físico que no encaja en absoluto con mi mirada interior. Soy una dulce mujer encerrada en un cuerpo de marimacho, o un marica oprimido por mi carcasa ambigua. En fin, no quiero embrollar a lxs lectores heteronormativos, patriarcales y absurders (aunque creo que esos habrán dejado de leer o estarán trolleando).

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Militantes tras Stonewall, NY 1969

Aprovecho, pues, la proximidad del 28J para recomendar a las nuevas generaciones de desviadxs que viven en un oasis de información, armarios ventilados y apps para ligar, que no se confíen. Nos gusten o no personalmente, Zerolo, Jordi Petit, Boti García, Paco Vidarte, Beatriz Gimeno, Carla Antonelli y otrxs activistas de primera línea se han dejado el alma por los derechos sociales y civiles que disfrutamos actualmente, así que no deberíamos vivir de las rentas de su lucha, ni volvernos blandos, confiables y ciegos a los problemas sociales de tantas personas LGBTI que no residen en paraísos de la “tolerancia” y la “normalidad”. Sólo por refrescar la memoria de los más dormiditos en los laureles: la tasa de acoso y suicidio entre niños y jóvenes LGBT es alarmante, la discriminación en el mundo laboral por razones de orientación sexual e identidad de género es una cuestión urgente por lo cotidiana, la violencia y la agresión (delitos de odio) contra personas LGBTI resulta cada vez más frecuente, tanto en países perseguidores de la diferencia, como en nuestra permisiva España de avanzada legislación. Nos podemos casar, sí, pero vayamos discretitas por la calle o nos arrean una somanta palos, por bolleras, travelos o palomocojos.”¡Ni un paso más, maricones!”

Ea, nos exhorto a salirnos de nuestra burbuja de confort y mirar a nuestro alrededor, que hay trabajo por hacer, ya sea como activista de parcanta, de carroza (ser visible, llamativx, atrevida y perra también mueve energías), o de Mercadona. Yo, a pesar de que ya no voy al Pride, sigo besando señoras en sitios públicos y desafiando miradas. Soporto estoicamente que al hacer check-in en un hotel la recepcionista, nerviosa, apenas me dirija la palabra porque la incomodo con mi lesbianez de cama de matrimonio, y procuro no entrar en cólera cuando noto que la población gitana para la que trabajo (en pos de sus derechos de integración e igualdad) me “permite” estar ahí o hacen chascarrillos a mis espaldas. También sigo pensando que en mi familia no consideran seriamente, por mucho que me quieran  o respeten, a mi unidad familiar, y que tengos conocidos que son más “ciudadanos tolerantes” que seres humanos de mente y corazón abierto. Quizás es hora de que todxs hagamos una revisión de nuestro lenguaje, de nuestro sentido del humor, de nuestras actitudes y de nuestro entorno, para así crecer en amor incondicional y trabajarnos el egoismo, la ceguera social y la displicencia, que tantas veces nos hace cómplices de barbaridades como la xenofobia, la homofobia, el especismo y, sobretodo, la ignorancia voluntaria.

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Manifestación en Bcn. Foto de Colita


Todo el suelo del Mercadona lleno de rotos esquemas
(de señoras respetables)

Cuando den flores los cuernos del ciervo
dejaré de quererte.

Gloria Fuertes

Te explicaré este amor paranormal,
el raro equilibrio que nos tiene
aferradas a sucias necesidades
que escandalizan
a educados caballeros
y avergüenzan
a las señoras bien.

Es por eso que se nos abren las bocas
sin quererlo
y se nos escapan unas enormes palabras
anunciando la sal, el cuello,
el tibio abrazo de las lenguas.

Las familias respetables nos miran
desde la oscuridad y el fondo abisal,
son feos y terribles peces ciegos
que velan preocupados por las apariencias.

Y yo,
que con una mano te recobro,
te devuelvo a la forma primera,
al barro esencial, al edén bollero.
Voy siempre más allá,
desafío la ley que llevas impresa en la piel
y tiro recto
hacia las piernas.

Poesía para niñas bien (Tits in my bowl)”, Cangrejo Pistolero Ediciones, Sevilla 2011
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Crujido, destierro y redención: síndrome de Ben-Hur

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“Ahora escuchadme, galeotes: Os mantenemos vivos para servir esta nave. Por lo tanto remad, y vivid”

Leprosa.

Durezas de carácter II

Eres tan frágil tan frágil tan frágil
que puedo romperme.
Pero no temo.
(Alicia G.)

Pudimos oír, todos, el crujido.
Una profecía autocumplida me fracturó entonces,
Fui la columna de Frida y la locura de Anaïs Nin.

Decidí desaparecer, fundirme, huir de todo lo que era:
Volteó el ermitaño, la torre y la muerte,
Desapareció la cola de pavo real y el escenario,
Brotaron lagrimales hasta en las manos,
Y decidí convertir en un cuarto oscuro mi vida.

Destierro.

Me mutilé al expulsar a Laura, abandoné en el camino a Paula,
Solté de la mano a Alicia G., renuncié a los consejos de Isa,
Bloqueé y eliminé cualquier rastro amigo o sonrisa amable.
Me escondí, traicioné a mi familia de elección y
Les mostré mi lado más arisco y desagradable.
Hui del barco que se hundía. Rata.

Mi Hybris recibió el castigo: a partir de ahora sólo merecería
La oscuridad y el más terrible de los aislamientos.
Acepté la fatalidad en mi propia tragedia griega.
Fui insolente, desmesurada,
y mi alma enloqueció de miedo
Cuando volteé y vi mi propio cadáver.

Vida en descomposición.
Tomé piedras y cemento para emparedarme,
Y así morir de la inanición más triste:
La culpabilidad del solitario.
No merecía perdón, ni abrazo ni compañía,
No podía volver y justificarme,
Sólo podía desaparecer y desgarrarme
Al contemplar cómo la vida fluía
Sin ni siquiera girarse a mirarme.

Escogí padecer el síndrome de Ben Hur (1)
Tras haber sido el más bravo de los gladiadores,
El rey del circo, el azote de los bárbaros.
Me desvanecí –dejando un rastro de cobardía y orgullo-
De las otras vidas, del escenario, de los libros,
De las noches de bailes y risas.
Quise apartarme para comprender mejor mis decisiones,
Mis cambios bruscos y mi necesidad terrible de autolisis.

Ahora he decidido no seguir viviendo en la casa abandonada,
no más aullidos de terror mientras rasco los cascotes
que quedaban aún en pie. Abandono la autocompasión.
Elijo mi reinicio y consigo sanarme;
estoy en paz con lo que era,
puedo perdonarme, perdonar y amar de nuevo.
Y emprendo una senda nueva que me permita respirar libremente.
Ya puedo sentir de nuevo el abrazo de otra persona.
Mi compañera de viaje se llama Helena.
No hay Troya que ganar, sólo vida.

Camino de nuevo, SOY.

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(1) En Ben-Hur Charlton Heston acude al valle de los leprosos a visitar a su madre y a su hermana, que habían ocultado hasta entonces su estado. Cuando madre e hija lo ven acercarse le piden desesperadamente que no se acerque a ellas. Podemos llamar a este comportamiento en el que el amor hace rechazar a los que se ama, “Síndrome del Leproso” o “Síndrome de Ben Hur”.  Afecta sobre todo a hombres de un tipo particular, orgullosos pero no arrogantes que sólo consienten ser amados cuando ellos mismos lo hacen. Basta una herida en su amor propio, un fracaso económico, o cualquier otro avatar intrascendente para los demás pero fundamental para ellos, para que no consientan la compañía ni el afecto de quienes desean acompañarlos en esos tránsitos. (Santiago Lamas Crego, psiquiatra)

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Mi Orinoco Flow

Mi Orinoco Flow

“Déjame navegar, Déjame navegar,
deja fluir al Orinoco,
déjame alcanzar, déjame costear
en las costas de Tripoli.”
(Enya)

Pedir  que nos dejen navegar libremente, sin anclajes ni polizones a bordo, no es un derecho que alguien nos tiene que brindar: es un deber hacia nosotros mismos que tenemos que acatar escrupulosamente en algún momento de nuestra vida para permitirnos la felicidad interior de una manera radical. Porque lo radical aquí, a parte de creer en el amor incondicional, es elegir nuestra propia manera de manejar el barco que tenemos al mando, nuestra propia existencia. Son demasiadas las veces que cedemos a los temporales y a la marea el dominio de la barca; ya sabemos que contra los elementos externos poco podemos hacer más que protegernos, intentar achicar agua y huir del ojo de la tormenta para no terminar a la deriva. Pero elegir a nuestra tripulación o compartir la sala de mandos con otros expertos en navegación, sí que nos concierne íntimamente. Somos nosotros quienes reclutamos a los compañeros de viaje, a los mecánicos, a los responsables de intendencia y cocina, al timonel e, incluso, nos debemos ocupar de controlar las plagas que roen nuestra bodega para que no acaben perjudicando demasiado las entrañas de la nave. Debemos ser responsables de nuestra capitanía y decidir a cada instante si permanecemos en el rumbo marcado y si  la profundidad es la adecuada para no encallarse. Hay que ser valiente como un corsario. No hay excusas: si observamos que nuestros cálculos de posición de la embarcación son erróneos, movamos el timón sin dudarlo y no sigamos en dirección a los escollos.

brujulaO, como en 2005 concluyeron Johansson, Hall, Sikström, y Olsson, sufrimos a menudo de una terrible “ceguera de elección” que nos conduce a pique. El experimento de los investigadores suecos era sencillo y revelador: mostraron a los voluntarios una serie de un par de fotos de personas diferentes para que eligieran y se quedaran con ellos la que encontraban más atractiva. Sin que se percataran, les cambiaron algunas de las fotos elegidas por las descartadas. Los sujetos, para no contradecir su supuesta elección inicial se deshacían en explicaciones peregrinas con tal de justificar esa elección ante el investigador, aunque contradecía completamente sus principios. “Es que me gustan más las rubias”, decía un participante al que le habían cambiado su primera elección, una bella mujer morena.  Según Jonah Lehrer, son verdades a medias necesarias para preservar nuestra unidad, fragmentada por la toma de consciencia de un error inesperado: “así como un novelista crea un texto, nosotros creamos una sensación de ser. El yo se convierte en obra de ficción creada por la mente con el fin de dar sentido a sus propios fragmentos”. Y es que la mente es experta en confabular argumentos para justificar lo que decidimos y validamos públicamente en un inicio. El refranero ya nos avisa de que no hay peor ciego que el que no quiere ver”, pero en este caso hasta la neurociencia nos avisa de nuestra tendencia natural a defender ad mortem nuestras propias equivocaciones, sólo porque las escogimos públicamente.

JustoGarciaBorras

Mi, padre, el Gran Capitán

Tenemos la grave responsabilidad de hacernos más felices, de tomar decisiones para liberarnos de pesadas cargas que no nos permiten avanzar; debemos obligarnos a elegir a personas que nos aporten calidad de vida y alegría, abandonando a su suerte a todos aquellos felones que impiden nuestro bienestar, nuestro crecimiento o nuestra sonrisa. Porque a veces nos olvidamos que somos los capitanes de nuestro propio destino. Creer en la magia, en lo sensible o lo trascendental, en ningún caso nos debe apartar de lo más hermoso que nos han concedido en esta vida: el libre albedrío, la posibilidad infinita de reiniciar nuestro punto de partida las veces que sean necesarias. No por haber elegido en un momento concreto de nuestras existencias una dirección no se nos permite rectificarla, o descartar por completo el plan de navegación inicial. Podemos volver a puerto siempre que lo precisemos, así nos haremos con más combustible o provisiones y quizás nos plantearemos nuevos viajes que quizás jamás habríamos pensado llevar a cabo mientras nos hallábamos en el fragor de la tormenta. Seguir haciendo aguas por haber errado el rumbo, y hundirnos los últimos con nuestro barco (las ratas aquí nos aventajan en inteligencia y habrán huido ya), no nos honra, es la cosa más absurda que podemos hacer. Ahogarse en medio del mar y seguir defendiendo nuestra decisión de naufragar, ya no es de persona terca, si no de estúpido que malgasta el don de la vida, las oportunidades que nos orbitan, y el deber a ser felices que todos tenemos. “Hay que ser valiente y no estúpida, -me repito cada día-. Hazte a la mar y combate a tus enemigos, surca las olas hacia dónde te lleve tu voluntad y tu fortaleza.” Y recuerdo lo que escribía Emilio Salgari a propósito de uno de sus más aguerridos personajes: “Sólo un hombre, entre todos los valientes de las Tortugas, puede atreverse a venir hasta aquí, a ponerse a tiro de los cañones de los fuertes españoles: el Corsario Negro.” ¡Pelillos a la mar, pues! :)

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La valentía del viajero.

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En 1907, el explorador Ernest Shackleton publicó este curioso anuncio en el Times:

«Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito».

Respondieron más de 5.000 aspirantes, y para los elegidos fue el inicio de la peligrosa pero excitante “Expedición Nimrod” (nombre del barco fletado para el viaje) a la desconocida Antártida.  Los miembros del equipo no tenían experiencia en expediciones polares, y el proyecto no recibió ayudas ni apoyos institucionales, pero a pesar de todo, fue un éxito y consiguieron llegar a menos de 180 km del polo sur. La valentía de Ernest Shackleton y de su aguerrido grupo obtuvo una gran recompensa y el pionero recibió el título de Sir así como numerosos aportes económicos para sus futuras expediciones.

Inspirador y certero. En la vida unx sufre reveses y fracturas, pero debe sacar pecho y atreverse a emprender el viaje cada día, a pesar del sueldo escaso, el frío extremo, los largos meses de completa oscuridad y la sensación de vivir en peligro constante. Nadie nos garantiza que el coraje nos lleve a la victoria, pero sí que nos conduce a la realización personal. Y al movimiento, porque sin energía no hay cambio ni esperanza. Sin determinación no sentimos un presente que nos seduzca a luchar por un improbable futuro. Porque como decía el gaucho Martin Fierro, “quien ha vivido encerrado, poco tiene para contar”.  

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Por eso inicio hoy mi bitácora personal. Quiero contar (a las redes) que tras años de cambios, fisuras y descubrimientos, sigo aquí, transitando una de las múltiples sendas de Oku. El título del blog pertenece al “sembrador de poesía” Matsuo Basho, y es el título de su maravilloso libro oku no hosomichi, que contiene la descripción de un viaje por Japón que realmente nos ofrece una profunda reflexión poética sobre la belleza de caminar hacia lo más hondo de uno mismo. O como escribía Marcel Proust,“El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.” 

Hace unos días me han diagnosticado la enfermedad de Behçet, lo cual me ha devuelto la calma necesaria para superar 8 años de síntomas incomprensibles, malestar físico, visitas a urgencias y pérdida de energía que no comprendían ni familiares ni amigxs y que me ha condenado frecuentemente al ostracismo. Conocer por fin a mi enemigo, revierte en que tenga más ganas de combatirlo, así que creo que ha llegado el momento de plasmar lo que ha sido una senda escabrosa y solitaria hacia la superación de problemas físicos, la libertad personal y el encuentro conmigo mismx.

Escribiré desde la verdad, la intensidad y el libre albedrío: ni palabras ajenas, ni poemas e imágenes bellos pero de velados sentimientos. Seré rotundamente yo, sin recortes, censuras o autoengaños. Os voy a explicar cómo me he sentido las tres veces que me he roto en pedazos en esta vida y cómo intento reconstruirme todavía. Y para lxs que me habéis conocido o acompañado, aunque ahora ya no estéis ahí porque yo haya huído o vosotrxs me hayáis abandonado, os entrego de corazón el mantra de la antigua práctica espiritual hawaiana del Hoʻoponopono:  “Lo siento mucho. Por favor, perdóname. Te amo. gracias.”

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