* Sendas de Oku *

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Mi Orinoco Flow

Mi Orinoco Flow

“Déjame navegar, Déjame navegar,
deja fluir al Orinoco,
déjame alcanzar, déjame costear
en las costas de Tripoli.”
(Enya)

Pedir  que nos dejen navegar libremente, sin anclajes ni polizones a bordo, no es un derecho que alguien nos tiene que brindar: es un deber hacia nosotros mismos que tenemos que acatar escrupulosamente en algún momento de nuestra vida para permitirnos la felicidad interior de una manera radical. Porque lo radical aquí, a parte de creer en el amor incondicional, es elegir nuestra propia manera de manejar el barco que tenemos al mando, nuestra propia existencia. Son demasiadas las veces que cedemos a los temporales y a la marea el dominio de la barca; ya sabemos que contra los elementos externos poco podemos hacer más que protegernos, intentar achicar agua y huir del ojo de la tormenta para no terminar a la deriva. Pero elegir a nuestra tripulación o compartir la sala de mandos con otros expertos en navegación, sí que nos concierne íntimamente. Somos nosotros quienes reclutamos a los compañeros de viaje, a los mecánicos, a los responsables de intendencia y cocina, al timonel e, incluso, nos debemos ocupar de controlar las plagas que roen nuestra bodega para que no acaben perjudicando demasiado las entrañas de la nave. Debemos ser responsables de nuestra capitanía y decidir a cada instante si permanecemos en el rumbo marcado y si  la profundidad es la adecuada para no encallarse. Hay que ser valiente como un corsario. No hay excusas: si observamos que nuestros cálculos de posición de la embarcación son erróneos, movamos el timón sin dudarlo y no sigamos en dirección a los escollos.

brujulaO, como en 2005 concluyeron Johansson, Hall, Sikström, y Olsson, sufrimos a menudo de una terrible “ceguera de elección” que nos conduce a pique. El experimento de los investigadores suecos era sencillo y revelador: mostraron a los voluntarios una serie de un par de fotos de personas diferentes para que eligieran y se quedaran con ellos la que encontraban más atractiva. Sin que se percataran, les cambiaron algunas de las fotos elegidas por las descartadas. Los sujetos, para no contradecir su supuesta elección inicial se deshacían en explicaciones peregrinas con tal de justificar esa elección ante el investigador, aunque contradecía completamente sus principios. “Es que me gustan más las rubias”, decía un participante al que le habían cambiado su primera elección, una bella mujer morena.  Según Jonah Lehrer, son verdades a medias necesarias para preservar nuestra unidad, fragmentada por la toma de consciencia de un error inesperado: “así como un novelista crea un texto, nosotros creamos una sensación de ser. El yo se convierte en obra de ficción creada por la mente con el fin de dar sentido a sus propios fragmentos”. Y es que la mente es experta en confabular argumentos para justificar lo que decidimos y validamos públicamente en un inicio. El refranero ya nos avisa de que no hay peor ciego que el que no quiere ver”, pero en este caso hasta la neurociencia nos avisa de nuestra tendencia natural a defender ad mortem nuestras propias equivocaciones, sólo porque las escogimos públicamente.

JustoGarciaBorras

Mi, padre, el Gran Capitán

Tenemos la grave responsabilidad de hacernos más felices, de tomar decisiones para liberarnos de pesadas cargas que no nos permiten avanzar; debemos obligarnos a elegir a personas que nos aporten calidad de vida y alegría, abandonando a su suerte a todos aquellos felones que impiden nuestro bienestar, nuestro crecimiento o nuestra sonrisa. Porque a veces nos olvidamos que somos los capitanes de nuestro propio destino. Creer en la magia, en lo sensible o lo trascendental, en ningún caso nos debe apartar de lo más hermoso que nos han concedido en esta vida: el libre albedrío, la posibilidad infinita de reiniciar nuestro punto de partida las veces que sean necesarias. No por haber elegido en un momento concreto de nuestras existencias una dirección no se nos permite rectificarla, o descartar por completo el plan de navegación inicial. Podemos volver a puerto siempre que lo precisemos, así nos haremos con más combustible o provisiones y quizás nos plantearemos nuevos viajes que quizás jamás habríamos pensado llevar a cabo mientras nos hallábamos en el fragor de la tormenta. Seguir haciendo aguas por haber errado el rumbo, y hundirnos los últimos con nuestro barco (las ratas aquí nos aventajan en inteligencia y habrán huido ya), no nos honra, es la cosa más absurda que podemos hacer. Ahogarse en medio del mar y seguir defendiendo nuestra decisión de naufragar, ya no es de persona terca, si no de estúpido que malgasta el don de la vida, las oportunidades que nos orbitan, y el deber a ser felices que todos tenemos. “Hay que ser valiente y no estúpida, -me repito cada día-. Hazte a la mar y combate a tus enemigos, surca las olas hacia dónde te lleve tu voluntad y tu fortaleza.” Y recuerdo lo que escribía Emilio Salgari a propósito de uno de sus más aguerridos personajes: “Sólo un hombre, entre todos los valientes de las Tortugas, puede atreverse a venir hasta aquí, a ponerse a tiro de los cañones de los fuertes españoles: el Corsario Negro.” ¡Pelillos a la mar, pues!🙂

3 comentarios el “Mi Orinoco Flow

  1. Ignasi
    21/06/2015

    Ufff…. y acabar con el corsario negro…. buah, piel de gallina… mi idolo… te quiero txus!!!! Gracias por tus palabras

    Me gusta

  2. Pingback: El héroe de tu infancia. | * Sendas de Oku *

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