* Sendas de Oku *

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Crujido, destierro y redención: síndrome de Ben-Hur

ben-hur

“Ahora escuchadme, galeotes: Os mantenemos vivos para servir esta nave. Por lo tanto remad, y vivid”

Leprosa.

Durezas de carácter II

Eres tan frágil tan frágil tan frágil
que puedo romperme.
Pero no temo.
(Alicia G.)

Pudimos oír, todos, el crujido.
Una profecía autocumplida me fracturó entonces,
Fui la columna de Frida y la locura de Anaïs Nin.

Decidí desaparecer, fundirme, huir de todo lo que era:
Volteó el ermitaño, la torre y la muerte,
Desapareció la cola de pavo real y el escenario,
Brotaron lagrimales hasta en las manos,
Y decidí convertir en un cuarto oscuro mi vida.

Destierro.

Me mutilé al expulsar a Laura, abandoné en el camino a Paula,
Solté de la mano a Alicia G., renuncié a los consejos de Isa,
Bloqueé y eliminé cualquier rastro amigo o sonrisa amable.
Me escondí, traicioné a mi familia de elección y
Les mostré mi lado más arisco y desagradable.
Hui del barco que se hundía. Rata.

Mi Hybris recibió el castigo: a partir de ahora sólo merecería
La oscuridad y el más terrible de los aislamientos.
Acepté la fatalidad en mi propia tragedia griega.
Fui insolente, desmesurada,
y mi alma enloqueció de miedo
Cuando volteé y vi mi propio cadáver.

Vida en descomposición.
Tomé piedras y cemento para emparedarme,
Y así morir de la inanición más triste:
La culpabilidad del solitario.
No merecía perdón, ni abrazo ni compañía,
No podía volver y justificarme,
Sólo podía desaparecer y desgarrarme
Al contemplar cómo la vida fluía
Sin ni siquiera girarse a mirarme.

Escogí padecer el síndrome de Ben Hur (1)
Tras haber sido el más bravo de los gladiadores,
El rey del circo, el azote de los bárbaros.
Me desvanecí –dejando un rastro de cobardía y orgullo-
De las otras vidas, del escenario, de los libros,
De las noches de bailes y risas.
Quise apartarme para comprender mejor mis decisiones,
Mis cambios bruscos y mi necesidad terrible de autolisis.

Ahora he decidido no seguir viviendo en la casa abandonada,
no más aullidos de terror mientras rasco los cascotes
que quedaban aún en pie. Abandono la autocompasión.
Elijo mi reinicio y consigo sanarme;
estoy en paz con lo que era,
puedo perdonarme, perdonar y amar de nuevo.
Y emprendo una senda nueva que me permita respirar libremente.
Ya puedo sentir de nuevo el abrazo de otra persona.
Mi compañera de viaje se llama Helena.
No hay Troya que ganar, sólo vida.

Camino de nuevo, SOY.

benhur


(1) En Ben-Hur Charlton Heston acude al valle de los leprosos a visitar a su madre y a su hermana, que habían ocultado hasta entonces su estado. Cuando madre e hija lo ven acercarse le piden desesperadamente que no se acerque a ellas. Podemos llamar a este comportamiento en el que el amor hace rechazar a los que se ama, “Síndrome del Leproso” o “Síndrome de Ben Hur”.  Afecta sobre todo a hombres de un tipo particular, orgullosos pero no arrogantes que sólo consienten ser amados cuando ellos mismos lo hacen. Basta una herida en su amor propio, un fracaso económico, o cualquier otro avatar intrascendente para los demás pero fundamental para ellos, para que no consientan la compañía ni el afecto de quienes desean acompañarlos en esos tránsitos. (Santiago Lamas Crego, psiquiatra)

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